Archivos para la categoría: Uncategorized

Gobernar un Estado será, por ende, poner en acción la economía, una economía en el nivel de todo el Estado, es decir [ejercer] con respecto a los habitantes, a las riquezas, a la conducta de todos y cada uno, una forma de vigilancia, de control, no menos atento que el del padre de familia sobre la gente de la casa y sus bienes.

Una expresión importante en el siglo XVIII caracteriza aun mejor todo esto. Quesnay habla de un buen gobierno como de un “gobierno económico”. Y encontramos en Quesnay –ya volveré más adelante– el momento [en que nace] la noción de gobierno económico, que es, en el fondo, una tautología, porque el arte de gobernar es precisamente el arte de ejercer el poder en la forma y según el modelo de la economía.

Michel Foucault

Mi tesis es que en la época moderna va aumentando progresivamente la diferencia entre experiencia y expectativa, o, más exactamente, que sólo se puede concebir la modernidad como un tiempo nuevo desde que las expectativas se han ido alejando cada vez más de las experiencias hechas.

Reinhart Koselleck

 

Todos los países tienen una lista de deudas. Y a todos les importa saldarlas. Por eso discuten política, debaten ideas, proponen soluciones. No todos los países, sin embargo, piensan en saldar esas deudas por medio de la refundación permanente. Esa parece ser una característica de los discursos políticos argentinos.

Tenemos un problema con la continuidad. No pensamos en continuidades, pensamos en rupturas, refundaciones y reinvenciones cíclicas. En el mundo que discute la política, cada presente se plantea como pasado necesario: hay que llenarse de promesas y abrirse al tiempo nuevo. Si las sociedades y los Estados son siempre proyectos inacabados, la Argentina es un proyecto permanente. Un país muy moderno. Y, tal vez por eso mismo, muy dramático. Hay algo así como una consciencia hipertrofiada de la historicidad.

Estoy viviendo en Praga hace una semana y me quedan cinco meses de estadía. Creo que los europeos tienen poca consciencia de lo que muchos entendemos que es una crisis terminal de su lugar en el mundo. Me preocupa la decadencia intelectual de sus estudiantes universitarios, el ascenso de los discursos nacionalistas y la radical incapacidad que tienen algunos de mirar por fuera de sus márgenes oceánicos. Pero entiendo que creen en el cuento de la continuidad del Estado y la mismidad de su historia. Y creo que eso los ayuda a dar los debates más pequeños. Esos debates que para nosotros aparecen como los más superficiales, pero que tal vez sean los más importantes al menos por dos razones: porque urgen y porque se pueden saldar.

En Argentina nos debatimos entre refundación y refundación, entre el relato y la República. Y mientras tanto las generaciones pasan, y para una mayoría abismal lo único que importa es que la inflación no se coma la AUH y que los chicos puedan ir a la escuela de lunes a viernes.

Discutamos las cosas más pequeñas. Achiquemos un poco el margen. Seamos un poco menos modernos y dejemos las palabras nobles. El fin de los grandes relatos no es la muerte de la política.

El mundo político de las simulaciones se mezcla con el mundo real de extrañas maneras, pues el mundo de las simulaciones puede con frecuencia dar forma al mundo real. Para ser viable, para cumplir con su propósito, sea cual fuere ese propósito, una ficción debe tener una cierta semejanza con los hechos. Si se aparta demasiado de los hechos, la suspensión voluntaria de la incredulidad se desmorona.

Edmund Morgan

 

La democracia es el régimen político de la ingratitud. Quien representa al pueblo corre con la mala suerte de tener todos los números para la derrota. Como dijo un amigo una vez, “desde el 54% sólo se puede bajar”.

En estos dos años de gobierno, el relato sufrió golpes. #Once fue uno de los más duros. Pero hacia adentro del kirchnerismo se pudo interpretar en términos técnicos: ya sabemos que el modelo tiene deficiencias, no se podían abrir todos los frentes a la vez, así es la política. Sintonía fina y corrección. A trabajar y militar. El golpe de hace dos semanas fue más brutal, porque obligó a revisar. Entre la representación del pueblo y la no representación median unos números, que expresan tendencias y opiniones, todas tan volátiles como la representación misma. Volátiles, pero no azarosas. Cada uno terminó el domingo 11 de agosto con algo que explicar.

Todos los relatos tienen reglas, una elasticidad limitada, un cierto grado de tolerancia. La representación de la voluntad popular sólo en cierta medida puede alejarse de las expresiones del pueblo. Y, más importante, la simulación de infalibilidad no es sin condicionamientos: otorga un margen de tolerancia, pero impone exámenes exigentes. Los consumidores del relato no aceptan cualquier cosa. Ni a cualquiera.

Me interesó el documento de La Cámpora porque decía lo mismo de siempre: esto se resuelve con militancia, hay que profundizar el modelo. La derrota de 2009 y su exégesis camporista abrieron un modo de entender la política: si no profundizás, perdés. Cláusula poderosa, pero sólo si se complementa con la inversa: si no ganás, no podés seguir profundizando. La historia tardó años en perfeccionar al peronismo como máquina de ganar elecciones. Y algunos se dan cuenta, un poco tarde, de que no se le da la espalda a la historia sin un plan ganador. La despejotización frustrada.

Hay que repensar las cosas y volver a ganar. La dirigencia de La Cámpora lo sabe, pero tiene que explicarlo en los términos del relato, en el lenguaje de la militancia y la profundización. La pregunta es qué condicionamientos impone esa gramática a los productores del relato y a sus consumidores. Y qué margen de tolerancia tienen los militantes, los que llenan los estadios, cuando el objetivo más alto de la revolución es mantener la ilusión de continuidad y cuando el candidato más ganador es el menos confiable.

Cualquier intento de conceptualizar la historia revolucionaria comienza por la crítica de la idea de Revolución tal como fue vivida por los actores y transmitida por sus herederos, es decir, como un cambio radical y como el origen de una nueva época.

François Furet

Lo realmente existente es el peronismo. Esa es una de las lecciones repetidas de la noche de ayer, que traza un puente hacia 2009, pero también hacia 2002. El peronismo es el código con el que se hace política en la Argentina: la política del auge, la política de la crisis, la política de la tradición y la renovación, todas ellas se hacen en código de peronismo.

Un amigo bastante lúcido, y hasta hace poco bastante cristinista, me dijo hoy que “no hay nada que hacerle, todos los proyectos tienen un fin de ciclo; el kirchnerismo perdió la batalla económica”. En el calor de la conversación, me despertó una respuesta que no esperaba dar: la transformación económica tal vez no tenga que pensarse en clave de batalla. Hay que pensar nuevos lenguajes.

No sería el único cambio conceptual. Ya sé (ya sabemos) que los nuevos tiempos no piensan la política en clave de batalla; no es ese el lenguaje de la generación intermedia. El problema sigue siendo que el kirchnerismo sí piensa todo en el lenguaje de la batalla. Y decir el lenguaje de la batalla es decir el lenguaje de la guerra, y ese, se sabe, es el lenguaje de la revolución.

Nuestro amigo @HAL___ dijo algunas veces que “el kirchnerismo es la socialdemocracia realmente existente”. Me permito disentir: el kirchnerismo es la revolución realmente existente. Porque la consciencia socialdemocrática pertenece al universo del gradualismo y la perfectibilidad infinita, es un sistema que piensa su labor bajo la noción del límite. La del kirchnerismo, en cambio, es esa consciencia revolucionaria y democrática (son lo mismo) que todo lo inunda y todo lo absorbe. Anuncia una tarea histórica y entiende la política como la serie de batallas que hay que emprender contra la resistencia de los enemigos del pueblo.

El kirchnerismo es la revolución. No como un momento, ni como un proceso, sino como un modo de hacer política. Pero, claro, es una revolución como podemos conocerla nosotros, una revolución tamizada por el peronismo. El peronismo, que es lo realmente existente.