Mi tesis es que en la época moderna va aumentando progresivamente la diferencia entre experiencia y expectativa, o, más exactamente, que sólo se puede concebir la modernidad como un tiempo nuevo desde que las expectativas se han ido alejando cada vez más de las experiencias hechas.

Reinhart Koselleck

 

Todos los países tienen una lista de deudas. Y a todos les importa saldarlas. Por eso discuten política, debaten ideas, proponen soluciones. No todos los países, sin embargo, piensan en saldar esas deudas por medio de la refundación permanente. Esa parece ser una característica de los discursos políticos argentinos.

Tenemos un problema con la continuidad. No pensamos en continuidades, pensamos en rupturas, refundaciones y reinvenciones cíclicas. En el mundo que discute la política, cada presente se plantea como pasado necesario: hay que llenarse de promesas y abrirse al tiempo nuevo. Si las sociedades y los Estados son siempre proyectos inacabados, la Argentina es un proyecto permanente. Un país muy moderno. Y, tal vez por eso mismo, muy dramático. Hay algo así como una consciencia hipertrofiada de la historicidad.

Estoy viviendo en Praga hace una semana y me quedan cinco meses de estadía. Creo que los europeos tienen poca consciencia de lo que muchos entendemos que es una crisis terminal de su lugar en el mundo. Me preocupa la decadencia intelectual de sus estudiantes universitarios, el ascenso de los discursos nacionalistas y la radical incapacidad que tienen algunos de mirar por fuera de sus márgenes oceánicos. Pero entiendo que creen en el cuento de la continuidad del Estado y la mismidad de su historia. Y creo que eso los ayuda a dar los debates más pequeños. Esos debates que para nosotros aparecen como los más superficiales, pero que tal vez sean los más importantes al menos por dos razones: porque urgen y porque se pueden saldar.

En Argentina nos debatimos entre refundación y refundación, entre el relato y la República. Y mientras tanto las generaciones pasan, y para una mayoría abismal lo único que importa es que la inflación no se coma la AUH y que los chicos puedan ir a la escuela de lunes a viernes.

Discutamos las cosas más pequeñas. Achiquemos un poco el margen. Seamos un poco menos modernos y dejemos las palabras nobles. El fin de los grandes relatos no es la muerte de la política.

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