El mundo político de las simulaciones se mezcla con el mundo real de extrañas maneras, pues el mundo de las simulaciones puede con frecuencia dar forma al mundo real. Para ser viable, para cumplir con su propósito, sea cual fuere ese propósito, una ficción debe tener una cierta semejanza con los hechos. Si se aparta demasiado de los hechos, la suspensión voluntaria de la incredulidad se desmorona.

Edmund Morgan

 

La democracia es el régimen político de la ingratitud. Quien representa al pueblo corre con la mala suerte de tener todos los números para la derrota. Como dijo un amigo una vez, “desde el 54% sólo se puede bajar”.

En estos dos años de gobierno, el relato sufrió golpes. #Once fue uno de los más duros. Pero hacia adentro del kirchnerismo se pudo interpretar en términos técnicos: ya sabemos que el modelo tiene deficiencias, no se podían abrir todos los frentes a la vez, así es la política. Sintonía fina y corrección. A trabajar y militar. El golpe de hace dos semanas fue más brutal, porque obligó a revisar. Entre la representación del pueblo y la no representación median unos números, que expresan tendencias y opiniones, todas tan volátiles como la representación misma. Volátiles, pero no azarosas. Cada uno terminó el domingo 11 de agosto con algo que explicar.

Todos los relatos tienen reglas, una elasticidad limitada, un cierto grado de tolerancia. La representación de la voluntad popular sólo en cierta medida puede alejarse de las expresiones del pueblo. Y, más importante, la simulación de infalibilidad no es sin condicionamientos: otorga un margen de tolerancia, pero impone exámenes exigentes. Los consumidores del relato no aceptan cualquier cosa. Ni a cualquiera.

Me interesó el documento de La Cámpora porque decía lo mismo de siempre: esto se resuelve con militancia, hay que profundizar el modelo. La derrota de 2009 y su exégesis camporista abrieron un modo de entender la política: si no profundizás, perdés. Cláusula poderosa, pero sólo si se complementa con la inversa: si no ganás, no podés seguir profundizando. La historia tardó años en perfeccionar al peronismo como máquina de ganar elecciones. Y algunos se dan cuenta, un poco tarde, de que no se le da la espalda a la historia sin un plan ganador. La despejotización frustrada.

Hay que repensar las cosas y volver a ganar. La dirigencia de La Cámpora lo sabe, pero tiene que explicarlo en los términos del relato, en el lenguaje de la militancia y la profundización. La pregunta es qué condicionamientos impone esa gramática a los productores del relato y a sus consumidores. Y qué margen de tolerancia tienen los militantes, los que llenan los estadios, cuando el objetivo más alto de la revolución es mantener la ilusión de continuidad y cuando el candidato más ganador es el menos confiable.

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